OPINIÓN

El peligro es que salgamos de las calles

Hay 141 argentinas menos desde el año pasado que murieron desprotegidas por el blindaje de los ladrillos en donde, desde siempre, le dijeron a las mujeres que debían quedarse y sentirse plenas: una casa.

Entre el 1 de junio del 2015 y el 31 de mayo del 2016 fueron asesinadas 141 mujeres en su propia casa o en la casa que compartían con su pareja. La inseguridad íntima es el mayor peligro para las mujeres. La inseguridad entre cuatro paredes, sin testigos, sin escapatoria, sin nadie que vea, que escuche, que frene, que actúe. Entre cacerolas y sábanas que no cacerolean ni se vuelven fantasmas, sino pesadillas con los ojos abiertos. El peligro para las mujeres es su casa. Por eso, salir a la calle y que vean ese peligro escondido, este 3 de junio, es imprescindible, una sirena descollante que no puede dejar de sonar para que se escuche el gatillo doméstico que atraganta el aire que ahoga a las mujeres, a las que fueron asesinadas y a las que no pueden perder la vida. Ni Una Menos.

En un año, a partir de la multitudinaria marcha de Ni Una Menos, se produjeron 275 femicidios y femicidios vinculados de mujeres y niñas, y 35 femicidios vinculados de hombres y niños (un femicidio vinculado es, por ejemplo, cuando se busca asesinar a una mujer pero se mata a sus hijos para lastimarla, a una maestra que intenta poner su cuerpo para protegerla, a su amante si se los encuentra juntos, a un escribano con el que estaba realizando una transacción, al padre o hermano que la defiende de un ataque, etc), según un nuevo informe de la Investigación de Femicidios en Argentina, realizado por el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano” y dirigido por la Asociación Civil La Casa del Encuentro, con el apoyo de Fundación Avon, el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat y Naciones Unidas.

Todavía no hay un registro de femicidios oficial por falta de voluntad política de la gestión anterior y de la actual. Se empezó a realizar bajo la órbita de la Secretaría de Derechos Humanos en los meses finales del kirchnerismo, pero los datos nunca se hicieron públicos. Ahora tampoco se los quiere blanquear. Los costos, no solo internos, sino internacionales, no son iguales, cuando el Estado acepta que no puede garantizar la vida de sus ciudadanas porque nacieron mujeres. Esa falta de transparencia también habla de un Estado que no termina de mirar de frente a las mujeres que las matan por ser mujeres y que en vez de avanzar se culpan, esconden, retroceden o enferman por miedo a terminar muertas.

De las 275 mujeres asesinadas 73 fueron acribilladas en su propia casa y 68 entre el piso y el techo compartido con su femicida. Otras 22 perdieron la vida en otra casa, pero también entre cuatro paredes. Y de hogar dulce hogar, nada. Otras 8 dejaron de respirar en las habitaciones de quien se atrevió a asesinarlas. Hay 141 argentinas menos desde el 3 de junio del año pasado que murieron desprotegidas por el blindaje de los ladrillos en donde, desde siempre, le dijeron a las mujeres que debían quedarse y sentirse plenas: una casa. El mayor peligro para las mujeres no es la calle, sino no salir a la calle. No ir a trabajar, no ir a bailar, no ir a hacer deportes, no ir a estudiar, no juntarse con amigas o amigos, no ir a recitales, no visitar a su familia, no hacer talleres de tejido, reiki o cine. Y, el 3 de junio, más que nunca, no salir a la calle a protestar.

El 3 de junio del año pasado dijimos Ni Una Menos y mataron a 275 mas, en un año, desde ese momento, en que la Plaza del Congreso se pobló y se poblaron las plazas de los pueblos y en medio del campo entrerriano una maestra rural recibió a una madre que le pedía ayuda para no ser más golpeada y un periodista con veinte años frente a las cámaras de televisión se atrevió a contar, por primera vez, que su mamá había sido victima de un femicidio de su ex pareja y que él la vio caer en sus brazos cuando llegaban de su recibimiento de locutor y una mujer violada en La Matanza tuvo recuerdos de su violación que su mente había olvidado para negarla, pero no la negó sino que sacó fotos y esas imágenes hoy están colgadas en una muestra, en la Legislatura porteña, sobre la primera marcha de Ni Una Menos. No es que mataron a 275 mujeres más porque Ni Una Menos fue en vano. Las mataron porque no alcanza. Porque a la violencia machista de años no se la saca con pocos y pobres recursos presupuestarios o gestos de buena voluntad o despachos donde las mujeres hagan sus denuncias. Y, como no alcanza, hay que salir a pedir más. Más presupuesto para que las mujeres no solo denuncien sino que sean protegidas, contenidas y cuidadas después de denunciar. No hay Ni Una Menos sin presupuesto y políticas públicas. Y no es que no se ha hecho nada. Pero no solo falta. Y falta mucho, sino que o se redobla la apuesta o las mujeres están en peligro.

Si la conciencia social y la cobertura mediática solo lavan la conciencia del desinterés con decirle a las mujeres que denuncien no sólo es poco, es peligroso. Las mujeres denuncian y no apuntan a agresores demoníacos o a personas indelebles. Se acusa a agresores de carne y hueso, apellidos, profesiones, cargos, trabajos, puestos, amigos, hermanos, hijos de. Y esos agresores reaccionan, generalmente, con más violencia, porque si antes creían que podían pegar, violar, abusar económicamente, humillar o insultar a una mujer, después que ellas los denuncian, se sienten con la impunidad suficiente para matarlas.

Los agresores no son indiferentes a las denuncias judiciales y mediáticas. Se vuelven más agresivos y más machistas. Las mujeres, trans y los varones (la mayoría) que no son violentos, que nunca lo fueron y que están dispuestos al cambio más que a la coherencia machista, tenemos que volver a salir a la calle el 3 de junio. O se va por más o seremos más las muertas el año que viene. 


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